aventura🇪🇸3-7 anos5 minpor troskiev

Zuri y el Misterio del Baobab

Acompaña a Zuri en una aventura por salvar el agua del pueblo.

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Zuri se agachó detrás del baobab y contuvo la respiración. La anciana Nasha miró a un lado, miró al otro, y enterró una calabaza grabada al pie del tronco. Luego la tapó con tierra roja, dio dos golpecitos con el bastón y se fue hacia la aldea sin volver la cabeza. En cuanto dejó de oírse el bastón, Zuri salió corriendo, apartó la tierra con las manos y cogió la calabaza. Tenía marcas talladas: flechas, espirales, puntitos y una línea ondulada. Kobi, su camaleón, subió por su muñeca y se puso verde brillante de pura curiosidad. Zuri volvió a enterrarla justo como estaba. Después se limpió las manos en la falda y echó a correr al poblado, con la imagen de aquellas marcas metida en la cabeza. Al amanecer, el último charco del pueblo era ya un espejo mínimo en medio del barro cuarteado. Las mujeres miraban el fondo, los niños no chapoteaban y hasta las cabras bebían con cuidado. Zuri llenó una bolsita con piedritas, se colgó una cantimplora vacía y silbó a Kobi. —Vamos a encontrarlo antes de que desaparezca la última gota. Kobi se puso amarillo, que era su color de “eso suena peligroso pero interesante”, y se agarró a su hombro. Zuri llegó al baobab, desenterró la calabaza, copió las marcas en la tierra con un palo y salió disparada hacia la primera flecha. Subió a un termitero, bajó del termitero, cruzó hasta una roca caliente y saltó a otra. En cada sitio buscó una señal nueva. Otra flecha. Otra más. Kobi se agarraba como podía mientras ella corría de pista en pista. Cuando pasaron por una hondonada, el aire cambió un poco. Kobi dejó de estar verde y se volvió gris claro. Zuri ni lo miró. Vio una flecha en la calabaza, giró y siguió hacia una franja de arena donde se hundía hasta los tobillos. Allí el aire volvió a cambiar. Kobi tamborileó con la cola en su clavícula: tac, tac, tac. Zuri se quitó arena de la sandalia y siguió corriendo. —No tenemos tiempo, Kobi. Kobi se puso marrón de enfado. La última flecha los llevó a una pared de piedra lisa. Delante no había sendero, ni grieta, ni sombra, ni nada. Solo calor. Zuri apretó la mandíbula. Miró atrás y vio sus torres de piedritas, una aquí, otra allá, marcando el camino por donde había pasado. Entonces entendió algo raro: había ido saltando de señal en señal como una cabra loca, pero las marcas de la calabaza no encajaban con un camino recto. Encajaban con sitios separados. Sitios donde había notado algo y no se había parado. Se sentó, puso la calabaza en el suelo y rehízo la ruta con el dedo. Termitero. Rocas. Arena. Hondonada. Miró a Kobi. —Haz lo de antes. Kobi, todavía ofendido, se quedó marrón. —Vale, perdón. Haz tu cosa importante. Kobi se puso verde un segundo, luego gris. Tamborileó una vez. Zuri se levantó despacio y volvió sobre sus propias torres de piedritas. Esta vez no siguió flechas. Paró en cada sitio. En el termitero, nada. En la roca, nada. En la hondonada, Kobi pasó de verde a gris y dio dos golpecitos con la cola. En la franja de arena, tres golpecitos. Zuri se agachó. Notó una corriente pequeña en los dedos, fresca, saliendo de entre unos espinos apretados al pie de la pared. La calabaza no señalaba direcciones. Señalaba lugares donde el suelo respiraba húmedo. Zuri metió las manos entre los espinos y tiró. Se pinchó. Tiró otra vez. Kobi se puso rojo oscuro, que era su color de máxima urgencia, y tamborileó tan deprisa que parecía un tamborcillo de fiesta. Detrás de los espinos había una losa plana con las mismas marcas que la calabaza. —Empujamos a la de tres —dijo Zuri. Apoyó los pies, clavó el hombro y empujó. La losa no se movió. Volvió a colocar las manos, buscó una rendija con los dedos y metió una piedra por debajo para hacer palanca. Empujó otra vez, gruñendo bajito. Kobi trepó a la piedra y tamborileó con una seriedad absurda, como si fuese el jefe de obra. La losa cedió de golpe un palmo. Por la grieta salió un hilo de agua. Luego otro. Luego un chorro claro que mojó los tobillos de Zuri y arrastró polvo, hojas secas y una espina rebelde. En la aldea, muy lejos, alguien gritó cuando el último charco estaba a punto de rendirse y recibió la primera lengua de agua nueva. El reguero creció, buscó su bajada y echó a correr hacia el pueblo. Zuri no salió detrás. Esperó un momento, respirando fuerte, y miró a Kobi. Él ya no estaba rojo ni marrón ni gris. Se había puesto de un verde tranquilo. Zuri se colgó la calabaza, cogió a Kobi con cuidado y empezó a caminar junto al agua, despacio, parándose cada vez que su cola hacía tac.

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