
Nuria y la fiesta del bosque
Una ardilla da todo lo que tiene hasta quedarse sin nada y descubre que compartir funciona mejor en grupo.
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Nuria la ardilla metió la cabeza en el tronco hueco y contó: seis bellotas, cuatro nueces y una piña enorme. Poca cosa para un invierno largo.
Salió a buscar más. Trepó al roble grande, el que tenÃa las ramas tan gordas que parecÃan brazos, y llenó los carrillos de bellotas hasta que ya no le cabÃa ni una más.
Cuando volvió, el mapache estaba sentado junto a su tronco.
—Nuria, dame tres bellotas. Tengo un hambre que me caigo.
Nuria soltó tres bellotas. El mapache se fue tan contento.
Guardó el resto y salió otra vez. Encontró un avellano cargado al lado del arroyo y recogió un buen montón. A la vuelta, la mofeta la esperaba.
—Nuria, dame cinco avellanas. Mis crÃas no han comido en todo el dÃa.
Nuria soltó cinco avellanas. La mofeta se fue tan contenta.
Al dÃa siguiente madrugó. Cruzó el arroyo, subió la colina y encontró un nogal con las nueces ya maduras. Llenó los carrillos otra vez, las patas delanteras, y hasta se puso dos nueces detrás de las orejas.
El oso la vio bajar.
—Nuria, dame todas las nueces. Necesito engordar antes de dormir.
—¿Todas?
—Todas.
Nuria soltó las nueces. Hasta las de detrás de las orejas. El oso se fue tan contento.
Nuria volvió a su tronco. Miró dentro. Quedaban dos bellotas y una nuez pelada. Para un invierno entero.
Se sentó en la rama más alta de su roble y pensó. Pensó tanto rato que un arrendajo le preguntó si se habÃa quedado dormida con los ojos abiertos.
Y entonces tuvo una idea.
Bajó corriendo y fue a ver al mapache.
—El sábado hago una fiesta en el claro del arroyo. Solo tienes que traer algo de comer.
Fue a ver a la mofeta.
—El sábado, fiesta. Trae algo de comer.
Fue a ver al oso, que ya estaba medio dormido.
—Fiesta. Sábado. Comida.
—Mmm —dijo el oso, que para el oso ya era decir bastante.
Nuria pasó el resto de la semana yendo de madriguera en madriguera. Invitó al ciervo, a los conejos, a la familia de castores y hasta al puercoespÃn, que nunca iba a ningún sitio.
El sábado, el claro del arroyo estaba lleno. El mapache trajo cangrejos del rÃo. La mofeta trajo raÃces y bayas. Los conejos trajeron zanahorias silvestres. Los castores trajeron corteza de abedul, que a ellos les encanta aunque a los demás les supo a madera. El ciervo trajo manzanas caÃdas de un huerto abandonado. El puercoespÃn trajo setas, las buenas, que él sabÃa cuáles eran.
El oso trajo un panal entero de miel. Goteaba por todos lados.
Comieron hasta hartarse. Luego Nuria se levantó.
—Lo que sobre, lo guardamos. Un poco para cada uno. Y el mes que viene, repetimos.
Asà lo hicieron. Cada mes, una fiesta. Cada fiesta, sobras para todos. El tronco de Nuria se fue llenando poco a poco: nueces, bellotas, manzanas secas, un tarro de miel que el oso le regaló porque le daba pereza cargarlo de vuelta.
Cuando la primera nevada tapó el bosque, Nuria se asomó a su tronco. Estaba lleno hasta arriba. Se enroscó entre las provisiones, con la cola sobre la nariz.
Fuera, la nieve caÃa despacio. Dentro, olÃa a miel y a nueces.
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