
Milo y la Carrera hacia el Templo
Una divertida carrera revela que la paciencia tiene su recompensa.
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Milo se subió de un salto a una piedra del camino, se puso la cola bien alta y se llevó las manos a la frente para mirar hacia la meta. Parpadeó. Volvió a mirar. Donde tenían que estar los farolillos de papel, no había nada.
A un lado del camino, entre los arrozales, Tina avanzaba despacio, con la cabeza recta y las patas haciendo toc, toc, toc sobre la tierra dura. Delante se veía el puente rojo de madera, y un poco más allá, el tejado del templo.
Milo bajó de la piedra, muy tieso.
—Han desaparecido los farolillos de la meta —dijo—. Pero me da igual. Yo llego primero aunque me tapen los ojos.
Tina levantó la cabeza.
—Pues yo no llevo prisa —dijo.
—Mejor. Así verás de cerca cómo gano.
Y salió disparado.
Milo corría tan deprisa que al principio parecía una idea estupenda. Cruzó un borde del arrozal, saltó una zanja pequeña y giró para comprobar si Tina le miraba. Sí, Tina le miraba. Entonces Milo dio una voltereta que no servía para nada, pero quedaba muy bien.
Después vio un senderito entre bambúes.
“Un atajo”, pensó.
Lo cogió.
Dentro del bambú había otro senderito aún más estrecho.
“Un atajo del atajo”, pensó.
Lo cogió también.
Luego encontró tres piedras colocadas una detrás de otra.
“Esto ya es un atajo importante”, pensó muy serio.
Saltó de piedra en piedra, apartó dos hojas, cruzó por debajo de una rama y salió muy contento… delante del gran tambor del templo.
Milo frenó en seco. Miró el tambor. Miró a los lados. El tambor seguía allí, redondo y enorme.
—No puede ser —dijo.
Volvió a correr. Esta vez eligió otro paso, luego otro, luego otro más, porque cada uno parecía más listo que el anterior. Un momento después apartó unas cañas, dio un brinco final y volvió a plantarse delante del mismo tambor.
El tambor estaba tan quieto que daba rabia.
Mientras tanto, Tina también se había perdido. Había seguido una curva del camino y había acabado junto a un huerto con coles y un pato dormido. Se paró. No se enfadó. Se quedó quieta un momento, escuchando.
Desde lejos llegaba un sonido pequeño y regular: clin, clin, clin.
Las campanillas del puente.
Tina giró despacio hacia ese lado y siguió avanzando. No corrió. No se detuvo. Si encontraba una piedra, la rodeaba. Si veía dos caminos, elegía el que dejaba oír mejor el clin, clin, clin. Siempre recta. Toc, toc, toc.
Milo, por fin, salió de los bambúes con una idea magnífica: subirse a una roca alta, mirar desde arriba y hacer un salto final espectacular para caer delante de Tina justo al final. Desde allí vio un puente rojo.
—¡Ajá! —gritó.
Se agachó, tensó las piernas y dio su salto más grande. Voló por el aire con la cola en curva y una cara de campeón perfecta.
Aterrizó con mucho ruido sobre unas tablas rojas.
Pero no era el puente del camino.
Era un puentecito pequeño que llevaba al estanque de las carpas del templo.
Al mismo tiempo, Tina llegó al puente verdadero, el de madera roja junto al camino. Subió la rampa, cruzó sin mirar a los lados y, antes de bajar, dio sus tres golpecitos de siempre con la pata en la tabla: toc, toc, toc. Luego pasó la meta, donde solo quedaban dos cuerdas vacías moviéndose.
Milo tuvo que bajar del puente equivocado, rodear el estanque, pasar por delante de una carpa que le miró con cara de poco interés y correr hasta el camino bueno. Llegó después, con una hoja de bambú pegada en la cabeza.
Se acercó al agua de la acequia y se miró. Tenía el flequillo levantado por un lado y la hoja torcida.
Tina pasó a su lado sin hacer ruido. Milo se quitó la hoja, no se peinó, y se puso a caminar con ella por el camino correcto, mientras detrás quedaba el puente rojo y delante seguía el toc, toc, toc de Tina sobre la tierra.