
Las Tortillas del Rey Risueño
Un cocinero ingenioso sorprende al rey con su creatividad culinaria.
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Tomás cascó un huevo contra el borde de un cuenco, luego otro, y otro más, tan deprisa que parecía que estaba jugando a las canicas con cáscaras. La sartén iba, venía, daba la vuelta, y justo entonces entró el ayuda de cámara corriendo, con una servilleta colgando de una oreja.
—Tomás, el rey quiere un banquete de siete platos. Hoy. Al mediodía.
Tomás miró la mesa. Huevos, patatas, cebollas y un queso medio triste. Miró la puerta. No entró ningún cocinero más. Miró el reloj de pared. Faltaba poquísimo.
—Yo sé hacer tortillas —dijo.
—Pues haz siete cosas que no lo parezcan —dijo el ayuda de cámara, y salió corriendo otra vez.
Tomás tragó saliva y se puso a fingir con todas sus fuerzas. Hizo una tortilla muy fina, la cortó en trocitos y la echó en caldo caliente. La mandó al comedor como “sopa dorada”. Desde el salón llegó un silencio corto y luego un golpe en la mesa.
—Esto huele a tortilla.
Tomás hizo otra redonda, alta y tiesa, con un lazo de puerro por encima. “Pastel del castillo”. Golpe.
—Esto es una tortilla con sombrero.
Enrolló otra con jamón dentro. “Rollito real”. Golpe más rápido.
Levantó una torre con cuadrados de tortilla y aceitunas clavadas como banderas. “Torre de mediodía”. Golpe aún más rápido.
Cerró otra como si fuera empanada. La espolvoreó con harina para despistar. “Empanada de la frontera”. Golpe. Ya parecía que el rey estaba llamando a una puerta con mucha hambre.
Probó con una corona: tortilla redonda con un agujero en medio y puntas de pimiento. “Corona comestible”. Golpe, golpe.
Probó incluso un postre. Hizo una tortilla dulce con azúcar por encima y dos uvas muy serias en el centro.
—Majestad —dijo el ayuda de cámara al llevarla—, postre.
—¡Eso es una tortilla que se ha perdido! —rugió el rey.
Tomás se quedó quieto en la cocina, con la espumadera en la mano. Ya no daba tiempo a engañar a nadie. Así que dejó de disfrazar. Enderezó la espalda, encendió dos fogones más y dijo en voz alta, para oírse a sí mismo:
—Vale. Si solo hay tortillas, habrá tortillas como nunca.
La primera salió cortada en tiras finísimas, enroscadas en un plato hondo como si fueran cintas. La segunda llevaba queso dentro y, al partirla, se abría en tres pisos. La tercera era pequeñita y venía en una copa de plata, doblada como un abanico. La cuarta tenía agujeros hechos con un vaso y parecía un encaje. La quinta llegó pinchada en una espada de asar, cortada en cubos exactos. La sexta la sirvió debajo de una tapa y, al levantarla, aparecieron dentro cuatro medias lunas colocadas alrededor de un cuenco de salsa.
El rey dejó de golpear. Ahora esperaba.
—¿Y la séptima? —preguntó.
Tomás salió él mismo del comedor empujando una bandeja enorme. Encima llevaba una tapa grande, de esas que brillan tanto que uno se ve la nariz rara. La puso delante del rey, respiró hondo y levantó la tapa.
Había una tortilla gigante. No era plana: tenía altura, capas y cortes limpios. Tomás la partió con un cuchillo largo, como si estuviera abriendo una tarta. En cada porción se veían, una dentro de otra, seis tortillas distintas encajadas en el centro: la de queso, la de tiras, la de abanico, la de cubos, la de medias lunas y la de encaje.
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... y la de fuera, siete —dijo Tomás—. Banquete completo.
El rey se inclinó sobre el plato. Olió. Claro que olía a huevo. Pinchó una capa, luego otra, luego otra más. Se quedó un momento muy serio. Y de pronto soltó una carcajada tan fuerte que el ayuda de cámara se sentó de golpe en un taburete.
El rey comió la primera porción, luego pidió otra, y después otra más pequeña “para comprobar el recuento”. Desde aquel día, cuando llegaba el mediodía en el castillo, los criados abrían paso con toda solemnidad y Tomás entraba con una tapa enorme mientras el rey ya sujetaba el tenedor, riéndose antes de verla.