fantasia🇪🇸3-7 anos5 minpor troskiev

La Fiesta de Ardilla y Sus Amigos

Una ardilla aprende que compartir trae alegría en su fiesta de otoño.

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Ardilla metió la cabeza en su despensa, dio dos pasos dentro, miró a un lado, miró al otro y salió disparada del tronco como si le hubieran puesto una castaña en el culo. El aire ya enfriaba entre las secuoyas, y eso a Ardilla no le gustaba nada si las estanterías estaban casi vacías. Solo quedaban una baya arrugada, media piña roída y una bellota tan pequeña que daba pena guardarla. Así que se colgó una hoja a modo de bolsa y echó a correr por el bosque. Primero encontró un montón estupendo: una piña grande, dos bellotas redondas y tres bayas oscuras. Lo fue metiendo todo en la hoja, muy seria, contando en voz baja para no perderse. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Ya se veía pasando el invierno tan tranquila. Pero en el sendero, Castor había tumbado un tronco justo en medio. —Si quieres pasar, necesito una piña para mi tejado —dijo Castor. —Una sola —dijo Ardilla, apretando la hoja. —Una sola —dijo Castor, y señaló un agujero por donde entraba el aire. Ardilla resopló, pero le dio una piña. Castor apartó el tronco. Ardilla siguió con dos bellotas y tres bayas. Un poco más allá, Mapache estaba subido a una roca mirando un zarzal lleno de bayas. —Yo te acerco esa rama con mi palo, pero me das dos bellotas —dijo. Ardilla miró sus bellotas. Dos. Exactamente dos. Le pareció una grosería por parte del número. —Vale —dijo. Mapache bajó la rama. Ardilla cogió cuatro bayas más. Pero las dos bellotas cambiaron de dueño y ella siguió con siete bayas y ninguna bellota. Luego llegó al pie de una secuoya donde Oso había movido una piedra enorme. Debajo había un puñado de nueces escondidas. —Te dejo cogerlas si me das tres bayas —dijo Oso. Ardilla abrió la boca para protestar, pero las nueces tenían muy buena pinta. Le dio una, dos y tres bayas. Cogió las nueces y salió corriendo antes de que apareciera alguien pidiendo una silla, una bufanda o un sombrero. Apareció alguien pidiendo. Era Puercoespín, en un sendero estrecho. —Paso con cuidado si me das una nuez, porque si no, me pongo nervioso y ocupo más. Ardilla le dio una nuez. Después, Ciervo la ayudó a bajar una rama alta a cambio de dos bayas. Búho le señaló un hueco secreto con semillas a cambio de tres nueces. Y cuando Ardilla volvió a su tronco, vació la hoja sobre el suelo y se quedó mirando. Había una ramita, dos agujas de pino y una piedra que no recordaba haber cogido. —Esto no se come —le dijo a la piedra. Se sentó un momento. Luego se levantó de golpe. En vez de salir a acumular otra vez para ir perdiéndolo todo por el camino, cogió cortezas planas, las partió en trocitos y escribió con una zarpa muy rápida: ESTA TARDE, FIESTA EN MI CASA. TRAED ALGO DE COMER. CABEMOS SI NOS APRETAMOS. Corrió de secuoya en secuoya repartiendo invitaciones. A Castor una. A Mapache otra. A Oso otra más grande, porque Oso tenía zarpas grandes. A Puercoespín se la dejó en el suelo con cuidado. Con la baya arrugada que quedaba en la despensa hizo una salsa rarísima. Con la media piña roída hizo un centro de mesa, porque ya no servía para mucho más. Al atardecer llamaron a su puerta. Primero entró Castor con la piña de tejado y otra debajo del brazo. Luego Mapache con bellotas en los carrillos. Oso apareció con bayas en un cuenco de corteza. Puercoespín trajo la nuez. Búho dejó semillas. Ciervo empujó con la nariz un montón de ramas cargadas de frutos. Detrás llegaron más animales, cada uno con algo: setas, raíces, nueces, conos de pino cargados de piñones. Ardilla no se quedó mirando. Sacó cajas, vació cestas, separó semillas, apiló piñas, colgó ristras de bayas, puso las bellotas en el estante alto y las nueces en el seco. Iba de un lado a otro tan deprisa que dos veces se adelantó a sí misma en la escalera. Cuando ya era de noche, la despensa estaba rebosante. Y la puerta seguía abierta. Castor entró a dejar más corteza. Mapache salió con una cuchara en la boca y volvió a entrar sin ella. Oso se agachó para no darse con el marco. Puercoespín pasó de lado, con mucho orgullo profesional. Ardilla, subida a la estantería más alta, colocó la última bellota en su sitio, dio un golpecito para alinearla con las demás y sonrió al ver el suelo lleno de huellas que entraban y salían de su casa.

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