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Kiko y Mei: la carrera del jardín

Un mono presumido reta a una tortuga a una carrera y descubre que conocer el camino vale más que correr.

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Kiko el mono saltaba de bambú en bambú tan deprisa que las hojas ni se movían. Arriba, abajo, vuelta y pirueta. Le gustaba que los demás animales le miraran con la boca abierta. Esa mañana aterrizó justo delante de Mei, la tortuga, que caminaba despacio por el sendero de piedras del jardín. —Mei, ¿cuánto tardas en llegar al estanque? ¿Un día? ¿Dos? Mei parpadeó. —Llego cuando llego. —Te echo una carrera —dijo Kiko, estirándose los brazos—. De aquí al puente rojo. El primero que toque la barandilla, gana. —Vale —dijo Mei. Kiko se rio. Esperaba un "no" o un "déjame en paz". Pero Mei ya estaba andando. —¡Eh, que no he dicho ya! —Yo sí —contestó Mei sin girarse. Kiko arrancó como un rayo. Trepó al primer bambú, se balanceó hasta el segundo, saltó al tercero y en un momento ya veía el puente rojo a lo lejos. Pan comido. Entonces vio el ciruelo. Estaba cargado de ciruelas moradas, gordas, brillantes. Kiko frenó en una rama. Una ciruela no haría daño. Se comió tres. Luego cinco. Luego perdió la cuenta. El zumo le chorreaba por la barbilla y se le pegaba en los dedos. Miró atrás. Ni rastro de Mei. Tenía tiempo de sobra. Siguió saltando, pero ahora las manos le resbalaban en el bambú. Los dedos, pegajosos de zumo, no agarraban bien. En el primer salto largo, las manos se le escurrieron y cayó al suelo con un golpe seco. Se levantó, se sacudió la tierra y trepó otra vez. Resbaló de nuevo. Trepó. Resbaló. Cada intento le costaba más. Los brazos le pesaban por el atracón de ciruelas y las palmas no se le secaban por mucho que las frotara contra el tronco. Al final tuvo que ir por el suelo, corriendo a cuatro patas entre los bambúes. Era rápido, pero no tanto como arriba. Y el camino del suelo tenía raíces, charcos y recodos que desde las copas no se veían. Cuando llegó a la última curva antes del puente, vio algo que le cortó la carrera. Mei estaba sentada en la barandilla roja. Con una pata apoyada en la madera y la otra colgando, mirando el agua. —Pero... ¿cómo? —Kiko resoplaba con la lengua fuera. —El atajo del arroyo —dijo Mei—. Llevo años caminando por este jardín. Conozco todos los caminos. Kiko se quedó callado. Miró el arroyo que pasaba bajo el puente: un hilito de agua poco profundo, justo del tamaño de una tortuga. Recto. Sin curvas. Sin ciruelos tentadores. —Yo ni sabía que existía ese camino —dijo Kiko. —Nunca has bajado de los bambúes —dijo Mei. Kiko se sentó a su lado en la barandilla. Le costó un poco porque las manos todavía le resbalaban. Mei le miró los dedos morados. —Ciruelas del jardín sur —dijo, y algo parecido a una sonrisa le asomó en la cara—. Están muy buenas, ¿verdad? —Demasiado —dijo Kiko. Se quedaron los dos en el puente, con las patas colgando sobre el agua. Un pez naranja subió a la superficie, abrió la boca como si fuera a decir algo y se volvió a hundir. Mei sacó de debajo de su caparazón una ciruela. La partió por la mitad contra la barandilla y le dio un trozo a Kiko. Se la comieron despacio, mirando cómo el agua del arroyo pasaba bajo sus pies.

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