
El Valiente Astro y la Estrella Azul
Acompaña a Astro en su aventura para salvar la ciudad y su fiel amigo Perro.
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Astro salió corriendo por el pasillo de la base con el casco bajo el brazo y el periódico del amanecer entre los dientes. Perro iba detrás, patinando sobre el suelo pulido y ladrando como si también supiera leer. Astro se plantó junto a la puerta del hangar, dejó el periódico sobre la mesa y señaló la portada con un dedo temblón: al otro lado de la Colina de Humo había caído una estrella azul.
—¡Esta es la mía! Voy a salir en todos los periódicos —dijo, abrochándose el traje.
La pequeña base espacial estaba pegada a una ciudad todavía dormida. Abajo, los repartidores dejaban cajas de leche, abrían persianas y aparcaban sus bicicletas junto a los portales. Arriba, Astro encendió su cohete rojo, metió a Perro en el asiento de atrás con sus gafas de piloto y despegó por la ruta rápida, la que cruzaba por encima de la colina y evitaba todos los caminos.
Durante un minuto, todo fue perfecto. La ciudad quedó pequeña, la colina apareció delante y Astro sonrió pensando en la foto: él, de pie sobre la estrella azul, saludando con la mano. Entonces cayó la ceniza. Primero fueron motas sueltas en el cristal. Luego una nube espesa. Después, nada. El cielo desapareció. El motor tosió. Perro estornudó tres veces seguidas y se le torcieron las gafas. Astro bajó una palanca, tiró de otra, miró los relojes y apretó los dientes. Tuvo que aterrizar a ciegas en un bosque de antenas torcidas que asomaban del suelo como hierros viejos.
El cohete quedó encajado entre dos mástiles doblados. Astro abrió la compuerta de una patada, cogió la mochila de fotos y desplegó un mapa viejo con manchas de grasa.
—A pie —dijo—. Llegaremos igual. Pero la estrella azul no espera a nadie.
Siguieron una cadena de faroles apagados que subía entre rocas negras. Perro iba con el hocico pegado al suelo. A ratos se oía la ciudad muy lejos: una sirena, una persiana, un camión de pan. Astro miraba el mapa, los faroles y la colina. Cuanto más avanzaban, más deprisa quería ir. Al fin llegaron al punto marcado con una X grande. Allí no había estrella. Había un puente roto sobre un barranco de viento.
Astro se tumbó en el borde y alargó el brazo con la mochila. No llegaba. Probó con una barra de hierro. Tampoco. El viento le arrebató la mochila de fotos y se la llevó dando tumbos hacia abajo.
—No, no, no…
Perro se lanzó al suelo, sujetó con los dientes una de las correas un segundo, pero la tela cedió. La mochila desapareció.
Astro se quedó quieto. Sin fotos no habría portada. Sin puente no había paso. Pero junto a una roca vio una corriente de aire que subía desde abajo. Se agachó, apartó unas chapas y encontró una abertura estrecha. Entraron de lado, rozando casco y orejas, y descendieron por una cueva bajo la colina.
Al fondo brillaba una luz azul, redonda y limpia. Astro aceleró, esperando la estrella. Pero no era una estrella. Era una cápsula meteorológica, medio enterrada, con ruedas dentadas, lámparas y una ranura de papel. Zumbaba y escupía una hoja caliente. Astro la cogió. Arriba decía: Noticias de mañana. Debajo venía un dibujo claro como una fotografía: Perro subido a una torre, Astro tirando de un cable, rayos cayendo sobre la ciudad. Y un titular con su nombre.
Astro leyó más abajo. La tormenta eléctrica llegaría antes del amanecer. El rayo mayor caería sobre la torre número 7 del cinturón norte. Si esa torre fallaba, toda la corriente buscaría los tejados de la ciudad.
—No vamos a la portada —dijo muy bajo.
Guardó la hoja en el pecho, soltó la cápsula de su soporte y la arrastró por la cueva hasta la salida. Luego echó a correr colina abajo con Perro delante. La tormenta ya venía. Las primeras chispas cruzaron el aire. Astro llegó a la torre 7, consultó la cápsula, abrió la caja de conexiones y vio que faltaba un enlace entre los pararrayos de las torres vecinas. Cogió un cable del cohete chamuscado, arrancó una placa, usó su llave inglesa y fue uniendo de una torre a otra siguiendo el plano impreso. Perro tiraba del extremo libre, encontraba la siguiente base con el olfato y ladraba una vez cuando Astro debía fijar el enganche.
El rayo mayor cayó con un golpe seco. Entró por la torre exacta, bajó por el cable nuevo y saltó de pararrayos en pararrayos hasta perderse lejos de los tejados. Después llegaron otros. Y otros. El cohete, al pie de la colina, quedó negro y partido. La hoja con la foto perfecta salió volando de las manos de Astro y se perdió entre la lluvia.
Cuando amaneció, la ciudad estaba despierta detrás de la Colina de Humo. Los repartidores miraban al cielo limpio. Las ventanas se abrían. Un periodista subió jadeando con una cámara colgada al cuello y se quedó mirando a Astro, lleno de barro, con una rodilla rota en el traje y los brazos alrededor de Perro.
Ese fue el momento de la foto. Y Astro no se soltó.