aventura🇪🇸8-12 anos5 minpor troskiev

Clara, Bisco y los acertijos del barrio

Una niña detective descubre quién deja cartas misteriosas con acertijos en los buzones del pueblo.

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Clara arrancó el sobre del buzón antes de que su madre lo viera. Era el tercero en una semana: papel amarillento, sin remitente, con letras recortadas de revistas como en las películas antiguas. Bisco, su perro mestizo de orejas enormes, olisqueó el sobre y estornudó. Dentro, lo de siempre. Un acertijo. "Tengo agujas y no sé coser. Tengo números y no sé leer. ¿Qué soy?" Clara se sentó en el portal con el sobre entre las rodillas. Un reloj. Fácil. Demasiado fácil. Los dos anteriores también lo habían sido: una silla, una cebolla. Acertijos de libro. Lo raro no era la respuesta sino la pregunta: ¿por qué alguien se tomaba la molestia de recortar letras y repartir sobres por todo el barrio? Porque no era solo su buzón. La señora Kovács del número doce había recibido uno. El farmacéutico, otro. Don Julio, el relojero jubilado que vivía en la plaza, dos. Clara sacó su cuaderno y anotó: reloj. Debajo tenía escritas las otras respuestas. Silla. Cebolla. Reloj. Miró la lista. Nada. —Vamos, Bisco. Recorrieron la calle empedrada hasta la farmacia. Bisco pegó el hocico al buzón y tiró hacia la izquierda, luego hacia la derecha, luego calle arriba con tanta decisión que Clara tuvo que trotar para seguirlo. El perro se detuvo en la papelería de la señora Novak, que estaba cerrada los lunes. Clara se agachó. Bajo la puerta asomaba una esquina de papel amarillento. El mismo papel. —Aquí las compra —dijo Clara. La señora Novak vendía cuadernos, sobres y prensa vieja para manualidades. Revistas viejas. Letras para recortar. Al día siguiente, Clara esperó a que abriera la papelería y entró con Bisco pegado a sus talones. —¿Quién te compra sobres amarillos y revistas viejas, señora Novak? La mujer levantó las cejas. —Pues varios clientes. Pero sobres amarillos, solo le gustan a don Julio. Dice que los blancos son aburridos. Don Julio. El relojero. Clara volvió a mirar su cuaderno. Silla. Cebolla. Reloj. La tercera respuesta era un reloj, y don Julio había sido relojero toda su vida. Coincidencia o firma. Cruzó la plaza con Bisco y llamó a la puerta verde del número siete. Don Julio abrió en zapatillas, con pegamento en los dedos y una tijera asomando del bolsillo del chaleco. —Las cartas son suyas —dijo Clara, sin preguntar. Don Julio la miró un momento largo. Después se rio. —¿Cuánto has tardado? ¿Tres días? —Cuatro. ¿Por qué lo hace? —Siéntate. La cocina olía a cola de pegar y a café recalentado. Sobre la mesa había montones de revistas abiertas, huecos rectangulares donde faltaban letras. —Me jubilé hace dos años. Desde entonces, nadie me visita. Pongo un acertijo, alguien lo lee, alguien piensa un momento en algo que no sea la compra o el telediario. Y si alguien es lo bastante curioso, viene a buscarme. —Podría haber llamado a la gente, sin más. —¿Y eso qué gracia tiene? Clara no supo qué contestar. Bisco sí: apoyó el hocico en la rodilla de don Julio y cerró los ojos. —El próximo acertijo es difícil —dijo don Julio—. Necesito a alguien que lo pruebe antes. —¿Yo? —Tú. Si lo resuelves en menos de un minuto, hay que cambiarlo. Clara cogió el papel que le tendía. Leyó. Frunció el ceño. Pasó un minuto, y luego otro. —Vale —dijo—. Este sirve. Volvió a casa con Bisco cuando ya oscurecía. Llevaba en el bolsillo del abrigo un sobre amarillento con un acertijo nuevo, el primero que iba a repartir ella misma. Buzón por buzón, calle abajo, hasta que todo el barrio tuviera algo en lo que pensar antes de dormir.

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