
Amara y el manantial secreto
Una niña y su camaleón buscan agua antes de que el pueblo se quede sin una gota.
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Amara levantó la piedra más grande del lecho seco y encontró exactamente lo que temía: nada. Ni una gota. El río llevaba tres semanas vacío y el último charco del pueblo cabía ya en un cubo.
El camaleón se le subió al hombro y se puso marrón oscuro.
—Ya estás otra vez enfadado —dijo Amara.
El camaleón giró un ojo hacia ella y el otro hacia el horizonte, que era su manera de decir "obviamente".
Amara se ajustó la mochila. Dentro llevaba una cantimplora medio vacía, un cuaderno con mapas que había copiado de su abuela y una lupa que no servía para encontrar agua pero que le gustaba mucho. El camaleón se llamaba Kibo y llevaba con ella desde que lo encontró de cría en un baobab hueco, del tamaño de un pulgar.
Su abuela le había contado que existía un manantial en algún lugar de las colinas rojas, al norte. Nadie lo había visto en años, pero el agua seguía brotando bajo la tierra porque los pájaros tejedores siempre anidaban en aquella dirección, y los pájaros tejedores necesitan barro húmedo para construir.
Amara abrió el cuaderno. Su abuela había dibujado tres marcas: una roca con forma de tortuga, un árbol partido por un rayo y un termitero más alto que una persona. En ese orden.
Caminaron dos horas bajo el sol. Kibo iba cambiando de color según el humor: amarillo cuando veía un escarabajo, gris cuando pisaban polvo, y un naranja furioso cuando Amara tropezó y casi lo tiró.
—Perdona, perdona —dijo ella.
La roca con forma de tortuga apareció donde el cuaderno decía. Amara le dio una palmadita como quien saluda a un viejo conocido.
El árbol partido lo encontraron una hora después, pero había dos. Dos árboles partidos, cada uno señalando una dirección distinta.
Kibo se puso de un verde oscuro que Amara no le había visto nunca.
—¿Estás preocupado o estás pensando? —preguntó.
Kibo parpadeó despacio. Pensando.
Amara sacó la lupa. No servía para encontrar agua, pero sí para mirar de cerca. Se agachó junto a cada árbol. En el de la izquierda, la corteza estaba seca y agrietada. En el de la derecha, había una línea fina de musgo verde en la base. El musgo necesita humedad.
—Derecha —dijo Amara.
Kibo se puso azul. Eso era nuevo. Amara decidió que significaba "de acuerdo".
El termitero apareció veinte minutos después, enorme y rojizo. Detrás no había nada. Solo tierra seca. Amara se sentó y bebió un trago corto de la cantimplora. Kibo bajó de su hombro y caminó despacio por el suelo. Se detuvo en un punto, pegó la barriga a la tierra y se puso de un azul brillante.
Amara se arrodilló donde Kibo estaba parado. Puso la oreja contra el suelo y lo oyó: un murmullo sordo, como el estómago de alguien hambriento. Agua moviéndose bajo la roca.
Escarbó con las manos. Luego con un palo. Luego con una piedra plana que usó como pala. Kibo la miraba desde el termitero, azul intenso, como un faro pequeñísimo.
A medio metro de profundidad, la tierra se volvió oscura. A un metro, estaba empapada. Amara clavó el palo hondo y lo sacó: chorreaba.
El agua subió despacio, primero un hilo y después un charco creciente que le mojó las rodillas. Amara se rio, y Kibo hizo algo que no había hecho jamás: se puso de todos los colores a la vez, como una mancha de pintura viva.
Amara llenó la cantimplora, se puso a Kibo en el hombro y marcó el lugar en el cuaderno de su abuela con una equis bien grande.
Luego empezó a caminar de vuelta al pueblo, dejando un rastro de huellas mojadas en el polvo.